La estetización de la locura

¿Que es la obsesión? ¿Que rasgos definen a una persona obsesiva? Para un artista con esta clase de trastorno su obra se puede volver fácilmente una cuestión obsesiva, un deseo impulsivo de sacar de lo más profundo aquello que no se puede expresar con palabras, pero que hay que sacar porque por dentro se quema, se pudre. No es tan difícil pensar en la vida de los artistas, aquellos apasionados, como una continua lucha contra fuerzas que se regeneran y transforman como una pulsión vital y que a su vez se nutren del mismo espíritu. Es quizás una lucha contra ellos mismos, y que por lo tanto nunca podrán ganar porque destruir estas fuerzas sería aniquilar ese instinto y ese misterio que permite que el arte exista.

Así como los artistas románticos de comienzos del siglo XIX sufrían el arte y la vida y no podían separar uno de la otra, Yayoi Kusama (Japón, 1929) sufre la locura y el arte es su medicina. Ella en sí, más allá de su proyecto artístico, es un personaje más que interesante. Razón por la cual lo que atrae en principio es ella y no sus obras. La muestra en Malba tiene un éxito rotundo que no es sorpresivo. La innumerable cantidad de visitantes, niños incluidos, que hacen extensas colas para ingresar al museo, que transitan día a día la muestra, probablemente sabían poco o nada de esta artista. La curiosidad en principio se debe a la historia e imagen de Kusama, quien reside en una institución psiquiátrica en Japón hace 30 años, que se codeó con los grandes del Pop Art en Nueva York y que destila una mirada fría y vacía y un cabello naranja furioso. Detrás de ella y su historia vienen asomando lunares, luces y psicodelia.

La retrospectiva se distribuye en dos espacios. La planta baja da la bienvenida a una acumulación horizontal y vertical de pinturas realizadas recientemente, que hipnotizan por su estallido de color y formas. El horror vacui se hace evidente como estética personal y como decisión curatorial; es un exceso que apabulla y al que es muy difícil acceder focalizando objeto por objeto. En el segundo piso se muestran algunas de las obras más reconocidas como “Sala de espejos del infinito, Campo de falos”, 1965-2013 o “Sala de espejos del infinito, Plena del brillo de la vida”, 2011. Pero las obras que mejor representan esa obsesión infinita son la serie de pinturas Infinity Nets. El gesto de las blancas pinceladas sobre una blanca superficie, pegadas una al lado de la otra, superponiéndose, insatisfechas y con un deseo compulsivo de seguir repitiéndose sin descanso, es quizás el gesto más auténtico y descarnado, sin la necesidad de lucecitas de colores que lo embellezcan. No hay nada más que eso, lo perturbador del acto incesante de llenar un vacío que angustia y desespera. Más allá de esta serie, lo que predomina es una constante de lunares y de espejos que se quedan en la superficie de lo puramente estético.

Existen momentos y lugares clave en la historia, de los que se dice “estaba en el lugar y el momento indicado”. En el caso de Kusama fue así. Ser artista, japonesa, tener talento, actitud y que esto transcurra en Nueva York en la década del 50 es un combo especial, una conjunción ideal de astros. No se puede negar que esta artista fue una innovadora y según se dice, algunos de los grandes exponentes del Pop Art, como Andy Warhol, se han inspirado en su obra. Pero hubo un quiebre en su vida cuando decidió retornar a  Japón y recluirse del mundo. Kusama dice que necesita pintar para protegerse de la locura: “Si no pudiera hacer arte me suicidaría”. No se deja arrebatar por su enfermedad, por el contrario, en todo momento la esta combatiendo y limitando, reprimiendo quizás. ¿Será por eso que no puede dejar de hacer lunares? Mantener la repetición es una forma de dominar la obsesión, así como mantener la rutina es un modo de ordenar la vida. Pero la rutina se vuelve indefectiblemente rutinaria y muchas veces es necesario romper con algunas estructuras para que no termine alienándolo todo. Kusama se hundió en la alineación de la locura, una locura que está por encima de ella y de sus obras.

Aquellos que visitan la excesivamente exitosa muestra si se quedan en la superficie de las luces y colores, en lo divertido de los lunares y los espejos, nunca llegarán a captar la obsesión. Quizás esto se deba a que hay un exceso de estetización de la locura que no permite ver justamente el fondo de la cuestión. Cabría preguntarse entonces que tan seria o profunda es la locura así como el arte para Kusama y para todos.

Texto publicado en ARTECRÍTICAS

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