Kacero: La dimensión desconocida de las cosas

Fabio Kacero es considerado un autentico representante del arte contemporáneo argentino, consagrado además en el exterior. Pero sobretodo se lo reconoce por ser un artista que no se ata a ninguna fórmula y que no le tiene miedo a las demandas de un sentido concreto: para él el sentido de la obra no es más que un eco que flota sutilmente en la atmósfera.

Todo surge en principio como un juego. Jugar a ser Dios, jugar a estar muerto, jugar a ser un científico sin escrúpulos que cruza dos individuos de distinta especie, jugar a inventar palabras. Sin embargo estos juegos no son nada inocentes, y el artista argentino Fabio Kacero lo sabe desde el primer momento. Las palabras incompresibles que inundan una revista científica podrían no servir de nada a un artista visual, pero en el caso de Kacero funcionan como un imán y lo tientan a extraer algunas de ellas de su hábitat natural para ubicarlas en un lugar totalmente nuevo e inesperado, que es su obra de arte. Esta cruza inexplicable, éste hibrido entre objeto artístico y palabra científica es sólo una muestra de la variación infinita de elementos, de polos opuestos que se atraen sutilmente y es lo que a Kacero más lo motiva a la hora de producir una obra de arte.

Fabio Kacero (Buenos Aires, 1961) es uno de los artistas visuales más importantes que ha dado Argentina en los últimos 20 años, un artista que comenzó a recorrer un camino hecho de múltiples direcciones y que parece no tener fin. Las infinitas posibilidades de su obra generan ese impulso que se  transforma en motor para producir más obra, un motor que recicla su propia energía. ¿Por qué no llegar a un puerto seguro? ¿Por qué esa constante demora en pos de una sensación de lejanía? Kacero no quiere responder ninguna pregunta, no trata de revelarle al universo una verdad simple pero escondida en lo profundo del alma, o una verdad compleja trabada entre los engranajes que hacen funcionar al mundo. Su intención es  que  “el sentido titile, pero nunca llegue a revelarse”.

Desde sus acolchados y sus cajas transparentes, que parecen no necesitar de la palabra, que por sí mismas valen todo lo que el ojo humano pueda absorber de la belleza, hasta Cast/K y Nemebiax, obras que se alimentan de la búsqueda de un concepto al cual aferrarse,  Kacero vuela de un lado al otro entre la imagen y el concepto y nunca pisa tierra firme porque ello sería dejar de volar con la imaginación.

El punto de partida de este recorrido múltiple e infinito comienza con la muestra realizada en la facultad de Filosofía y Letras en 1989, que consistió en una instalación de unas maquinas tipográficas en desuso que, llamativamente, ya se encontraban en el lugar: la reubicación y señalización de las obras junto con breves textos le bastó para darle al espacio y a los objetos allí ubicados un sentido nuevo, pero no definido. Esta instalación fue la semilla que germinó y las ramas de esa planta que creció se bifurcaron en sus obras  visuales y sus obras conceptuales. Las máquinas tipográficas plantearon un juego visual interesante y esa conexión sutil entre objeto y texto continúa retumbando hasta hoy como un eco que podría ser y significar infinitas palabras, infinitas ideas.

Algunos años después Kacero comenzó a producir su serie de acolchados, objetos rectangulares rellenos de telgopor prensado, envueltos en plástico transparente con capitonés. Estos extraños y bellos muebles-cuadros fueron expuestos por primera vez en el ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) en 1993 con excelentes críticas y reconocimiento del campo artístico. Los acolchados evolucionaron con la inclusión de calcomanías con textos breves y crípticos (desde fragmentos de biografías de artistas, diagramas científicos hasta apuntes sobre homeopatía de su padre) y a su vez tomaron diferentes formas geométricas. Continuando con la idea de la combinación entre texto, imagen y textura, Kacero llevó a cabo la realización de las cajas de transparencia, (películas gráficas enmarcadas en pequeño formato) que expuso por primera vez en el Centro Cultural Rojas en 1997; éstas funcionaron como una nueva forma de materialización de los acolchados y terminaron por definir un estilo minimalista. Hasta este momento de su carrera se puede percibir una obra ordenada, pura, limpia, de una belleza casi indiscutible, en otros casos tildada negativamente de preciosista. El resultado de estos experimentos es la incursión al staff permanente de artistas de la galería Ruth Benzacar.

En el marco de una muestra colectiva realizada en Nueva York en 1996 en la que expuso diferentes variaciones de sus acolchados, Kacero decidió incursionar en el video arte. Durante la inauguración, el artista improvisó una performance que consistió en desplomarse en el piso y quedar inmóvil, simulando estar muerto. Esta acción se repitió luego en otros museos, galerías, en calles,  y a la que finalmente dio el nombre de “El muertito”. Por primera vez, Kacero utilizó su cuerpo como obra, siempre manteniendo ese distanciamiento, ese atisbo de sentido fluyendo en el aire.

La operatoria se fue modificando en las siguientes obras de Kacero. La palabra cobró mayor protagonismo, aunque no se está haciendo referencia a la palabra conocida, familiar, segura de sí misma, no es la que el artista enfrenta a nuestros ojos. Es la palabra como un secreto, como un portal que se abre a una dimensión desconocida. En el marco de la crisis económica de 2001, Kacero fue invitado a participar de una muestra grupal en el Malba, ocasión para mostrar su nuevo rumbo artístico. La obradevideo arte Cast/K consiste en la suma de todos los nombres de las personas que ha conocido a lo largo de su vida y que continúa conociendo, proyectados como en los títulos finales de una película. Esos nombres van sucediéndose en la pantalla acompañados de una música que cumple el rol de soundtrack de esta película que es su propia su vida. Como un infinito work in progress, los nombres propios entran y salen de pantalla y nosotros, los espectadores de su película, nos dejamos llevar por ese paseo interminable de nombres que por momentos se hacen caras y cuerpos, vuelven a ser solo nombres, algunos quizás no tengan sentido y otros quizás nos suenen familiares.

La muy repetida frase “una imagen vale más que mil palabras” podría, en el caso de Nemebiax,  transformarse a “una palabra vale más que mil imágenes”. Kacero partió de la posibilidad de invención de palabras que signifiquen algo concreto. Turmid, perkimol, diombyn son imágenes acústicas sin concepto, imágenes que la sonoridad reproduce en nuestro cerebro de forma infinita y variada, y que pertenecen a un mundo imaginario. Mezcla de inventor y semiólogo, Kacero se pregunta por el sentido de aquellas cosas que imagina, pero que aún no existen en el mundo porque no tienen nombre. El significado es una posibilidad que no ancla en tierra firme, Kacero no busca que ese significado se una con su significante porque eso sería cerrar el sentido, prefiere no aniquilar el discurso de la obra, sino demorarlo.

Junio del 2004 es la fecha en la que Kacero logró reunir sus obras, bajo el concepto de naturaleza muerta, en la Galería Ruth Benzacar. La performance en la que simula estar muerto la denominó formalmente Moodloop, Nemebiax fue materializado en libros de tapas negras y blancas que en su interior contienen listas casi infinitas de palabras nuevas, y las cajas de transparencia se presentaron en su última versión reformulada, más concluyente.

Ninguna obra sería lo que es, existiría como tal, si Kacero no se hubiese preguntado  “que pasaría si”, cada vez que se embarcó en una nueva aventura de creación. El punto de partida es el instante previo a la invención de sentido, aquello que está en su imaginación pero aun no ha sido nombrado. El punto de llegada se ve lejos en el horizonte y por más que avancemos no lo vamos a alcanzar. Kacero no se permite llegar al fondo de la cuestión, sólo le interesa “señalar algo, en lo cual lo señalado está ausente, se sustrae”. En su obra el sentido aparece, se hace invisible, se pierde, se transforma y evoluciona infinitamente. Todos estos cambios podrían ocurrir únicamente en la obra de un artista que no le teme a los cambios, a las posibilidades inconclusas, al letargo, a lo efímero, a lo volátil, a la “metáfora vacía”, como dijo él mismo alguna vez. Hacer una obra liviana no es hacer una obra sin contenido, a veces puede ser infinitamente más rica que una obra de aparente solemnidad: la obra de Kacero así lo demuestra.

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