El museo de los mundos imaginarios

El mundo, considerado como el origen de la vida, nuestro hábitat, la fuente que nos alimenta, es un mundo real. Aunque inabarcable e intangible en su monstruosa extensión, tenemos consciencia de sus formas y materias, de sus tiempos y espacios. Tiene un principio e inevitablemente algún día, le tocará su tan temido final. Sin embargo, el interrogante sobre otros mundos posibles, no ajenos sino pensados como alternativa al que habitamos, como una forma totalmente nueva e intrigante de vida sobrevuela de manera constante. ¿Cómo serían esos mundos posibles?

El curador Rodrigo Alonso intenta dar respuesta a este interrogante a partir de la inspiración que puede provocar una obra de arte, en este caso la de 29 artistas dispares en cuestiones del género específico con el que desarrollan su trabajo (pintura, instalación, video, etc.) y que abarcan todo el siglo XX y XXI. De la muestra “El museo de los mundos imaginarios”, que se está llevando a cabo en el Centro Cultural Recoleta, lo primero que resalta es el título. Pensar a un museo como un mundo o varios mundos imaginarios es, para la mayoría de los mortales, una hermosa utopía, y para otros, un ideal posible. La barrera aparentemente infranqueable entre la institución y la naturaleza, entre el museo y el mundo, aquí pretende ser abolida. La imaginación toma el poder y con su potencia incontrolable intenta desfigurar aquello que para nuestras consciencias, está configurado como “lo real”.

Así, paso a paso se van abriendo mundos tan disímiles como hermanados: el delta imaginario de Xul Solar, el paisaje distorsionado de San Pogio, el insignificante y a la vez inmenso paisaje abrumador de Sebastián Gordín, el estupor ante la resistencia y supervivencia de la máquina y la naturaleza de Marcela Cabutti, la superficie extra planetaria de Eduardo Basualdo, la ciudad de desechos tecnológicos de Javier Mrad, la metamorfosis humana de Res, los vívidos y a su vez inanimados personajes de Liliana Porter, el paraíso artificial de Silvia Rivas, son solo algunos de estos micro mundos que abren portales a un imaginario infinito.

El disparador de este proyecto curatorial es El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges. Los espejos y los sueños han sido para el autor pasajes a dimensiones desconocidas, a mundos que pueden provocar tanto la maravilla como el horror. La incertidumbre que habita detrás de estos portales es un motor que le permite al hombre continuar construyendo en su imaginario la ilusión de un mundo maravilloso así como el temor ante la posibilidad de despertar a un monstruo que lo devore todo. Históricamente, desde antes de la invención de la filosofía, cuando el hombre y la naturaleza se fundían en un todo y el mundo era caos, hombre no poseía control sobre ese entorno amenazante y el conocimiento no poseía fines utilitarios. La invitación, quizás algo grandilocuente o utópica de Alonso, es retornar a ese origen donde todo puede ser posible. Así como para Chus Martínez el huevo de Peralta Ramos simboliza el “el contenedor de toda la información (genética) que se necesita para la vida y el mayor enunciado de un nuevo comienzo”, el Museo de los mundos imaginarios  simboliza la creación que se devora a la institución, la emergencia de infinitos futuros y pasados que sobrepasan la carcelaria consciencia humana.

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