Un paseo por ArteBA

 

ArteBa es un monstruo. Ya desde la entrada, no se sabe en qué dirección comenzar el recorrido. A todos lados, una seguidilla de stands repletos de obras de artistas nóveles, consagrados, de la escena local e internacional. Uno busca inconscientemente, cada vez que la feria abre sus puertas, una guía invisible que lo oriente en el recorrido, que le manifieste un relato, que le revele el verdadero potencial del arte contemporáneo y  que le muestre las perlas, lo que no hay que dejar de ver. Una y otra vez uno sale sintiendo cierto fracaso, en el sentido de que no hay un único recorrido para descubrir, o al menos conocer las nuevas tendencias del arte, sino que el camino se va haciendo a los tropiezos, saltando de stand a stand, repitiendo pasillos, quizás dejando de lado algunos, olvidando lo que recién vio y sintiéndose abstraído ante una obra que logra despegarse del ruido e hipnotizar.

Por dónde empezar. Quizás por  Barrio Joven Chandón, al que se va en busca de aquello que se está haciendo ahora, hoy, en este mismo momento. Esta sección es la manifestación de la utopía, que se traduciría en descubrir artistas  jóvenes con esa seguridad casi romántica de que nos están mostrando el futuro. Muchas veces hay que ir esquivando ese espíritu excesivamente lúdico, como si todo fuera un guiño simpático sobre algo que no es tan importante y que se olvida en cuanto se pega la vuelta. A no olvidar que el arte es cosa seria, o profunda. Si se logran bordear esas manifestaciones un poco vacías, se encuentran cosas interesantes:

Espacio El Dorado de Colombia presenta a simple vista, un stand visualmente armonioso, delicado, estéticamente bello. En connivencia con la naturaleza inconmensurable de la selva, el artista Andrés Matías Pinilla toma la piña y la disecciona en objetos, esculturas y dibujos, trazando un análisis formal, conceptual, social y cultural de este objeto propio de una región atravesada por antagonismos.

Muy cerca se escucha un retumbe continuo, como un tren que pasa bajo la tierra. Proviene de Acéfala, que presenta un solo show de Juan Sorrentino. Derrumbe es el nombre que hace clara alusión a una construcción que, a pesar de la fortaleza  desplegada en el espacio por el peso de sus materiales, se sacude en su interior.  Ante el sonido que emula a un temblor, el desmoronamiento  de las fuerzas materiales se hace inminente.

En oposición a la presencia abrumadora de la materia en Acéfala,  La Arte, oriunda de Salta, reúne obras que insinúan ciertas experiencias relacionadas con aquello que se vivenció y que no se puede repetir pero si repensar y representar en fragmentos, en obras de arte. El Mirador (con obras de Ana Benedetti, Ángeles Rodríguez y Javier Soria Vázquez) es un paisaje, una imagen o un pequeño objeto, y también es uno mismo, el mirador que observa los recortes, las figuras montañosas del fondo, las fotos, las texturas y las nubes.

La Sección Principal está pegada al Barrio Joven, y en un sentido se parece bastante a él. Muchas galerías participantes estuvieron alguna vez en el fondo del galpón. Sin embargo, por este lado se respira cierta seguridad, incluso consagración, de quien ya hizo un largo recorrido.  Pasto es una de las galerías que salió del semillero del Barrio Joven, de hecho, el año pasado participó en esa sección. Aquí la pintura se celebra de la mano de  Víctor Florido, Laura Ojeda Bar y Gimena  Macri, cuyas obras comparten cierto clima de introspección y soledad, como una manifestación del universo interior del artista en su proceso creativo. Más allá de Pasto se despliegan un sinfín de galerías, mejores y peores, que quizás  tienen una obra que lo justifica todo, o cuyo stand permite cierto recorrido a pesar de sus limitaciones espaciales. Otras, solo se reducen a obras colgadas, colocadas allí, y es muy difícil que en semejante “competencia” no pasen desapercibidas.  De las que ya vienen pisando fuerte, Miranda Bosch, Del Infinito, Gachi Prieto, Barro y Rolf son algunas de las más contundentes.

Luego de haber realizado el recorrido correspondiente por todas las secciones, de tratar de ver, de absorber y recordar todo, se puede llegar a dos humildes conclusiones: es muy difícil pedirle a una feria un criterio curatorial (aunque sus secciones tienen uno) como si se tratara de una exposición en un museo o una galería. Y más difícil aún es pretenderlo entre bloques ubicados espacialmente más por una cuestión funcional que por una determinación estética o conceptual. Sin embargo, vale la pena intentarlo cada vez, porque en medio de esa frustración, siempre hay alguna obra que se va con uno.

TEXTO PUBLICADO EN ARTAHOLIC

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