El arte útil

Hasta febrero de 2018  GAC (Grupo de Arte Callejero) presenta Liquidación x cierre, una retrospectiva en la Sala PAyS del Parque de la Memoria – Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado. Sus integrantes actuales y permanentes (Lorena y Vanesa Bossi, Fernanda Carrizo, Mariana Corral y Carolina Golder) junto con Florencia Battiti, curadora del espacio, dieron vida a una suerte de recorrido conceptual. La muestra se divide en segmentos llamados “zonas”; éstas son pensadas como espacios tanto simbólicos como reales de apropiación del reclamo popular a través de las prácticas artísticas.

Un grupo de chicas de veintitantos transitaba la década del 90 como casi todos: atravesadas por un tiempo histórico que intentaba invisibilizar cualquier atisbo de ideología y con la incertidumbre de un futuro que poco a poco se iba desmoronando. Las chicas eran también estudiantes de Bellas Artes de la Escuela Prilidiano Pueyrredón y se encontraban en la búsqueda no sólo de una identidad como sujetos políticos, sino también como artistas. Quizás en nuestro tiempo no resulte tan llamativo, pero a mediados de los 90 el hecho de que un grupo compuesto solo por mujeres saliera a la calle a dejar huella con su arte en los espacios públicos, no era cosa de todos los días. En su camino de empoderamiento, dieron forma a unas cuantas imágenes que ya son parte de nuestra cultura popular. Los carteles con el lema “Juicio y Castigo” son quizás el mejor ejemplo de estas representaciones que devinieron íconos y símbolos de la historia, la lucha, la denuncia y la reivindicación de determinadas banderas.

La Zona Cero es el origen de todo. Corría el año 1997 y ellas, quizás un poco desencantadas el mundo y del arte, pero con un deseo fervoroso de transformar ambos, decidieron salir a la calle y pegar, como si fueran murales o grafitis, guardapolvos blancos. Era la época de la carpa blanca docente y la crisis se estaba abriendo paso. El GAC decidió transformar ese reclamo en una acción artística anónima y colectiva. La foto del final, que captura el momento posterior a la acción, las muestra vestidas de negro y con la boca tapada. En esa aparente invisibilidad y silencio se escondía toda la convicción y la furia. El grito sordo se hacía oír en esos guardapolvos.

La Zona Uno es la del escrache. La agrupación HIJOS gritaba “si no hay justicia, hay escrache”, al tiempo que mostraba a la sociedad que aquellos con los que compartía el bar de la esquina, el quiosco de diarios o el ascensor, eran genocidas. El GAC acompañó la acción y la consigna, y juntos crearon carteles de señalización, mapas con ubicación de genocidas y centros clandestinos de detención y la clásica imagen de la gorra de policía.

Los casos de violencia institucional y el gatillo fácil conforman la Zona Tres. Las intervenciones en publicidades, que ponían en boca de algún famoso la pregunta sobre los presos políticos, las siluetas humanas que dan forma a los “Blancos Móviles”, las frases “te vigila” “te controla” te intimida” “te asesina” pintadas en las escaleras de la estación de tren de Lanús, donde fueron asesinados Kosteki y Santillán, fueron algunas de sus intervenciones. De un modo explícito y directo, sin metáforas o términos medios, denunciaron la violencia que desciende desde el propio Estado y que termina criminalizando las protestas, al convertir a sus víctimas en victimarios.

La complicidad entre el Estado y el Poder Económico confluyen en la “Zona Tres”. En medio de la crisis de 2001 y embarradas hasta el cuello, las chicas del GAC desarrollaron acciones como el “Juego de la Silla” (el clásico juego donde uno por uno los participantes van siendo excluidos), el “Ministerio de Control” (falsas encuestas sobre el desalojo en tiempos de extrema desocupación y crisis habitacional) o el emplazamiento de una bandera gigante que, al igual que el título de la muestra, vaticinaba una “Liquidación x cierre” de la Casa Rosada ante las imposiciones por parte de organismos internacionales.

La “Zona Cuatro” se dedica específicamente a la construcción de pequeños monumentos a las víctimas del 19 y 20 de diciembre de 2001. La colocación de las placas con sus nombres y apellidos en los lugares donde ocurrieron los asesinatos se realizó de manera voluntaria colectiva junto con familiares y amigos. El GAC tomó ese espacio que el Estado dejo vacío y visibilizó en forma de homenaje uno de los hechos más traumáticos de la historia argentina reciente. Finalmente, la “Zona Cinco” se centra en los “Anti Monumentos”. Así como en la Zona anterior se otorgaba voz a los ignorados por el Estado, los anti monumentos funcionaron de modo opuesto al poner en crisis aquellos símbolos emplazados en el espacio público que aluden a personas o hechos cuestionables. Las intervenciones que se realizaron en torno al monumento a Roca y su Conquista del Desierto son el mejor ejemplo de esta forma de revisionismo histórico.

El sábado 17 de diciembre las chicas del GAC realizaron una visita guiada junto con integrantes del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), organización no gubernamental establecida en Buenos Aires en 1979. Ambos grupos comparten la acción por la defensa de los derechos humanos. Así como el GAC acompaño a HIJOS en sus escraches a genocidas, el CELS los acompañó en sus litigios. Cada Zona fue relatada por una representante de cada grupo, y en estos relatos se fueron revelando los infinitos modos de abordar temas comunes. La visita logró establecer el cruce de disciplinas tanto artísticas como jurídicas, disciplinas que avanzan en carriles paralelos pero aspiran a un mismo horizonte.

A pesar de los años transcurridos en torno a estas acciones y de que el Estado tomó la posta de algunas banderas, el presente nos indica que muchas de estas cuestiones no fueron superadas. Hoy, más nunca, resulta indispensable reflexionar sobre las vigencias de muchos reclamos que se creían superados. Ante la reflexión genérica y abstracta sobre “el sentido del arte”, surge otra, más incómoda y compleja: la utilidad del arte. Estas palabras parecerían repelerse, porque la utilidad anularía el sentido artístico de cualquier discurso. Y también se podría afirmar, con toda seguridad, que el GAC produce un arte útil. Entonces nos encontramos en un punto de tensión que lejos de asustar a las artistas, las alimenta y las define continuamente.

Todas las preguntas surgen de ese choque entre lo que es artístico, lo que es utilitario y lo que es político. El qué y el cómo. La forma y el contenido. En contraste con una temática que podría pensarse como única y directa, las retóricas son de gran variedad: desde la acción anónima, pasando por los stencils y los carteles a la performance, en todos los casos estos modos están al servicio de unir el cuerpo y la palabra como forma de visibilización y denuncia. En ese modo de hacer las cosas se cristaliniza un manifiesto implícito: apropiarse del espacio público, ser anónimo, elegir lo colectivo por sobre lo individual, borrar la firma de artista, establecer redes con otros agentes culturales, etc.

¿Qué hace un grupo como el GAC encerrado en una sala de exhibiciones? Los museos transforman, de alguna manera, aquellos gestos artísticos que van en contra del orden establecido. Desde el impresionismo hasta nuestros días, ese choque inicial, esa aparente incompatibilidad termina difuminándose cuando el más fuerte gana la pelea, cuando la institución absorbe aquellas obras rebeldes y las normaliza. Pero en el caso del GAC la historia es distinta porque, como venimos intuyendo, es muy difícil de encasillar. Difícil porque se puede pensar en múltiples instancias, porque tiene la virtud de ponerse mil disfraces aparentemente contradictorios y seguir mostrando su verdadera cara: sus intervenciones corren por fuera del circuito artístico y a la vez podrían emplazarse en las instituciones más legitimadoras del arte (ya lo han hecho en la Bienal de Venecia en el 2003); podrían firmar sus obras y venderlas y sin embargo eligen, con una convicción estoica, no firmarlas y menos venderlas; podrían ser un movimiento militante pero es un colectivo artístico. En ese límite que divide lo que es arte de lo que no lo es se encuentra este grupo. Y no piensan correrse de ahí.

En el aire se huele un impulso lúdico que nace de una insatisfacción. Como dice Federico Moura, “poner el cuerpo y el bocho en acción” es una consigna que invita al disfrute, al vértigo, a la adrenalina. De esa disconformidad nació una de las expresiones más libres y a la vez comprometidas del arte argentino de los últimos años. “El Juego de la Silla” e “Invasión” (el lanzamiento de 10.000 soldaditos en paracaídas fucsias el 19 de diciembre de 2001 en pleno microcentro) son el ejemplo de que a pesar del contexto más oscuro y desfavorable, esa alegría que emana de una acción liberadora es un refugio invalorable y el motor que permite soñar con una realidad más justa.

NOTA PUBLICADA EN JAQUE AL ARTE

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