LA VIDA DE LOS OBJETOS

El universo se compone de una infinidad de objetos que desfilan ante nuestros ojos día tras día. Muchas veces lo hacen de manera casi invisible, como si hubiesen estado allí  desde siempre cumpliendo una función automática que alguien, en algún momento de la historia, les otorgó. Producto del ensimismamiento, o de la apatía quizás, la relación con las cosas del mundo a veces parece estar adormecida.  Ahora bien, al ingresar en la galería Ruth Benzacar, donde Mariana Tellería (Argentina, 1979) expone su instalación “Ficción primitiva”, algo de ese orden establecido se quiebra porque los objetos ya no son indiferentes. Todo, a fin de cuentas, depende de la agudeza en la observación.

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La muestra invita a un paseo, un andar en un bosque nocturno, un camino delineado por grandes ramas iluminadas en cuya punta se apoyan luces azules tipo sirenas y de las que cuelgan los más variados elementos. Botines que hacen de soporte de velas, un pequeño cristo, un gorro de policía, una bota dorada y una red blanca decoran el paisaje con una naturalidad asombrosa.  El espejo del fondo parece extender el sendero hacia el infinito y la imagen reflejada genera cierta desconfianza, como si aquellos cuerpos que se divisan a lo lejos fuesen extraños. Al final del camino un gran tronco con incrustaciones de piezas lumínicas de auto invitan a un ritual, a danzar a su alrededor en un estado de trance hipnótico. Al finalizar, no queda más opción que retomar el camino siguiente que lleva al principio. Y así se desarrolla un recorrido (casi como un callejón sin salida)  en el que nada es natural y sin embargo todo resuena de algún modo, familiar.

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Este bosque ficticio es una invitación a un mundo posible, a un estado mental y sensorial que juega con transformar la realidad y los elementos que la configuran. La unión de  las partes que dan forma a la instalación, en apariencia disímiles, resulta ser dócil, natural, casi mágica.  Tellería esquiva la incomodidad porque al instante lo desplegado y observado se completa con nuevas ideas. Así lo manifiesta cuando afirma: “Éste es el punto que más me atrae: el desafío de desordenar las piezas de lo cotidiano, con sencillez, poniendo en evidencia las nuevas reglas que lo animan”. Al correr de lugar lo aparentemente inamovible Tellería despliega un imaginario sin límites, un mundo donde las cosas pueden cambiar de esencia libremente.

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Allí donde la relación entre lo ajeno y lo familiar se hace tensa e intensa nace la “Ficción primitiva”, ese lugar originario en el cual todo puede ser posible. Los materiales  de este pequeño bosque traído de un universo paralelo  se manifiestan en su modo potencial, los significantes se rebalsan de significados y  el extrañamiento se rompe inmediatamente para dar curso a una nueva familiaridad y conexión con las cosas del mundo. Así, al caminar entre sus ramas y objetos, bajo la luz artificial de una imaginaria luna llena, no queda otra alternativa que cambiar el foco y la sensibilidad de la mirada para al menos intentar transformar la visión anestesiada del mundo.

Nota publicada en APÓCRIFA ART MAGAZINE

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