Polaroid: la imagen inconsciente

NOTA PUBLICADA EN MUNDO FLANEUR

 

Cuenta la leyenda que la hija del químico Edwin H. Land le confesó a su padre un sueño recurrente, un deseo: poder ver y tener entre manos, en un instante, la fotografía que hasta entonces se hacía esperar una eternidad en el laboratorio. Un invierno de 1947 el dueño de la empresa Polaroid haría realidad el sueño de su hija. Y no solo el de ella, sino el de millones de aficionados y profesionales que transformaron un sofisticado dispositivo tecnológico en lenguaje y en arte. Lo que sigue es historia bien conocida: auge, éxito y millones hasta que la era digital arrasó con todo. Ya no había tiempo ni dinero para esperar 60 segundos entre el clic y la imagen revelada. Ya no había necesidad de tener el objeto preciado entre manos. Ahora, a través de la pantalla, todo se volvía desmedidamente instantáneo y económico. Y aquí estamos, en 2018, añorando esos tiempos, admirando ese combinado de químicos que convierten una imagen en un objeto real y tangible y que representa, de la mejor manera, eso que parece imposible de copiar, que es la propia mirada.

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Esta bella y triste historia viene a cuento de dos muestras que se sucedieron en Berlin y en Madrid casi en simultáneo: Wim Wenders. Instant Stories* en C/O Berlin y Gus Van Sant, en La Casa Encendida. En ambos casos, la fotografía instantánea es parte fundamental de un corpus que se completa con fragmentos de películas, dibujos, textos y otras imágenes digitales. Rescatadas por un presente que no deja de mirar sus propias huellas, además de ser las grandes protagonistas las polaroids funcionan como un puente para descubrir el universo creativo de dos cineastas de culto.

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Wim Wenders reconoce que desde chico vivió rodeado de las cámaras de fotos de su padre y que a los seis años tuvo la propia. Ya a mediados de los 60, con veintitantos, se había hecho adicto a detener el tiempo y eternizar momentos. En el largo camino que lo llevó hasta la cima de su profesión, entre Europa y Estados Unidos, entre los estudio de filosofía y medicina, entre la pintura y la escritura, siempre la llevó cuestas su polaroid.

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Felix Hoffmann y Ana Duque y González, curadores de la muestra, eligieron 200 de un total de 2000 imágenes personales que el cineasta archiva desde aquellos años: la inmensidad del desierto, un auto al costado del camino, unas gafas azules sostenidas al aire, una taza de café junto a un frasco de ketchup, los techos de Nueva York, nubes desde un avión, un televisor prendido en un cuarto de hotel, caras difuminadas por la inexactitud del foco, las luces de la ciudad, un cartel de ruta, y por supuesto, rodajes y detrás de escenas. Estas “historias instantáneas” van acompañadas de breves citas, pequeños textos poéticos escritos por el propio cineasta que enriquecen aún más el recorrido.

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Las imágenes esconden algo. A primera vista parece que no dicen mucho, pero si uno se detiene en la observación advierte que hay algo más. Para Wenders fueron, durante muchos años, parte de un cuaderno de notas visuales, frases espontaneas plasmadas en cualquier papelito encontrado. En ningún caso fueron pensadas para convertirse en una obra, pero aquí están. El tiempo y el éxito las han transformado. ¿Qué es lo que esconden? Quizás su secreto, su obnubilación, sea la potencialidad del mínimo gesto, la sorpresa de la fugacidad o la estela de un impulso irremediable e irrepetible que no pudo contenerse.

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A mediados de los 70, luego de terminar sus estudios universitarios en la Escuela de Diseño de Rhode Island, un joven Gus Van Sant se compraba su primera cámara. Años después muchas de esas imágenes terminarían en una gran pizarra en su oficina de Portland. La polaroid fue la herramienta adecuada que posibilitó imaginar situaciones, relaciones, ambientes y personajes. Cada foto se convirtió en la pieza de un rompecabezas de esa película imaginada. Había una premonición sobre la vida autónoma que cobrarían en un futuro no muy lejano: “A veces era un poco fastidioso- dice Van Sant-, pero lo hice porque pensé, ‘ahora que estoy tomando todas estas fotos de todos estos actores, eventualmente voy a tener una colección y podría tener un show.”

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La muestra de Madrid curada por Matthieu Orléan de la Cinémathèque Française reúne 400 imágenes de castings tomadas entre 1983 y 1999. Los actores: Julianne Moore, Ben Affleck, Mat Damond, Nicole Kidman, Drew Barrymore, Keanu Reeves, River Phoenix, Patricia Arquette y muchos más. A lo lejos ya se aprecian algunos rasgos: primer plano o plano medio, actores que miran a cámara, espontaneidad, sin producción. De cerca, se ven las caras conocidas y a la vez irreconocibles de las estrellas sin disfraz ni maquillaje. Sí, son fotos de castings, pero al igual que las de Wenders, esconden mundos. Detrás de esos gestos, algunos desprejuiciados y más tímidos otros, de las miradas vacías o desafiantes, hay una provocación, una atracción inevitable. Y también hay una expresión de vulnerabilidad de quien es tomado casi por sorpresa por otro que le roba un instante y lo eterniza.

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Al igual que Andrei Tarkovsky, Patti Smith o Andy Wharol, Wenders y Van Sant encontraron en este dispositivo un espacio de experimentación y expresión. Ambos lograron captar en cada imagen eso que la polaroid puede dar: un detalle, un clima, una intención. Todos estos signos revelan además un universo interno, el lugar donde se originan las ideas y se sueñan las películas. Para el visitante estas pequeñas fotos implican un desafío porque exigen una mirada incómoda, como divisar algo que pasa a lo lejos, o espiar detrás de una cortina. Lo visto (que se reconstruye es ese acto) es la intimidad que no escandaliza ni quita la respiración: es lo trivial, lo mundano, en definitiva, una imagen frágil.

Para el cineasta alemán la cámara instantánea “tiene una misteriosa relación con el inconsciente (…). Nunca reproduce el encuadre exacto, pero eso no importa, porque aquí se trata del acto de inmediatez, de un acto inconsciente que se vuelve real”. Las polaroids que se exhibieron en ambas ciudades europeas tienen algo de esa inconsciencia (y quizás también de inocencia) porque fueron casi sin pensar, sin artilugios, liberadas de la presión de tener que ser grandes fotografías, imágenes para sí mismos. Ahora ya le pertenecen al mundo. Aunque algunas parezcan incompletas, veladas u opacas, sabemos que detrás de ese velo y de sus pocos centímetros se esconden los secretos de dos hombres, de su época y de su cine.

*La muestra de Wenders se exhibe actualmente en The Photographer´s Gallery en Londres.

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