ENROQUE

Imaginemos una partida de ajedrez. El rey, por acción premeditada o instinto de supervivencia, se desplaza de su hábitat natural a otro extraño, irreconocible. La torre, súbdita, deja su refugio de esquina y por un momento ocupa un espacio más cerca del trono. La jugada es parte de una estrategia que aspira, tarde o temprano, a un jaque mate.

Imaginemos ahora el tablero de ajedrez como si fuese un mapa y las piezas protagonistas de este enroque, como comercios de barrio. La torre podría ser un vivero, una peluquería, una librería, un quiosco o una tienda de ropa. El rey, una de las diez galerías de arte que agitan la escena cultural de Villa Crespo, en Buenos Aires.

El mapa es la cartografía de un evento que se vende con entusiasmo innovador: “Visite el primer experimento de intercambio barrial entre comercios y galerías de arte”. El texto que se entrega en cada punto del recorrido apabulla con una catarata de preguntas. Aquí la primera, sugestiva: “¿Quién no siente curiosidad por descubrir qué sucede en otro mundo que no es el propio?”.

La curiosidad vendría a ser, en esta propuesta, la condición excluyente para aquel que se dispone a andar quizás fingiendo primero falta de rumbo, para más tarde tropezar con lo extraño. La libertad no es total, sabe que debe detenerse en esa librería, peluquería o quiosco e ir al encuentro de lo que no debería estar ahí; y en ese contacto, buscar una aproximación sensible a una verdad estética del mundo. Atención, que el tiempo también es tirano en esta aventura: sólo hay dos días y cuatro horas por día para —como sugiere otra de las preguntas— atravesar un límite que nunca cruzamos y situarnos en un territorio de nuevas experiencias.

Viernes a las 15:30, esquina de Gurruchaga y Camargo. Desde afuera del vivero Verde Nuevo —frente a la galería Selvanegra— se ven las obras de Fabián Nonino bien dispuestas en un diálogo cristalizado con su nuevo entorno. Son Malezas, tintas sobre papel canson de flores comestibles autóctonas de Morrison, un pequeño pueblo cordobés. A las obras las circundan flores de verdad. Entrar en un vivero a ver una muestra no es lo habitual; ahí es donde —y cuando— se abre la posibilidad tan ansiada de una experiencia nueva. En este y otros casos advertiremos lo mismo: no es la obra la que se vuelve extraña, irreconocible, sino su emplazamiento o incrustación en un paisaje urbano que posee otras reglas.

El camino sigue. Justo frente a la galería Nora Fisch, si se cruza derecho de puerta a puerta por avenida Córdoba, se accede a una especie de pequeño living: unos sillones, una mesa ratona, bibliotecas a ambos lados de la pared. Cynthia Kampelmacher decora la librería La Casa del Árbol con papeles transformados en otra cosa, “origamis bastardos” que resignifican el acto visual y estético de la lectura. También hay cuadritos de bonsáis que se mezclan con las tapas de los libros que decoran las vidrieras. En la mesa del falso living, hojas secas adornan una máquina de escribir.

Si se baja por Thames y se dobla en Velasco a la izquierda, en algún momento aparece la peluquería Guapas. Entre secadores de pelo, tijeras y espejos cuelgan los móviles de plástico de colores unidos con tanza de Daniel Joglar. Imagino al cliente recostado sobre la cómoda silla, entregado a las manos y el ojo clínico del peluquero, hipnotizado por esas pequeñas cuentas que el artista nombró Tiempo de espera, sensibles a las transformaciones casi imperceptibles de la brisa y la luz. Las manicuras se mudaron a media cuadra y ofrecen su magia en el gran galpón que es Ruth Benzacar.

Y así se continúa un camino que no es unívoco sino más bien un “elige tu propia aventura”, que se completa con siete comercios y galerías en un radio de treinta cuadras. Poner el cuerpo se vuelve indispensable no sólo para completar el circuito: uno se dispone de otra manera, se acerca y se aleja, espía desde la vidriera, revolea los ojos para escapar del vacío de los objetos mundanos y busca llenarse con aquellos que parecen desbordar de sentido.

Enroque es una suma de encuentros fugaces que sólo volverán a la memoria en un registro incompleto: fotográfico, audiovisual o, como en este caso, escrito. Una batalla siempre perdida la de querer eternizar una percepción renovada del mundo que, a la larga, es absorbida por la mirada anestesiada de siempre. Las piezas del ajedrez vuelven a su lugar.

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