Yeguas del apocalipsis / Argentinos de París

NOTA PUBLICADA EN OTRA PARTE

Las Yeguas del Apocalipsis nos miran fijo. Ataviadas con elegantes vestidos de otra época, con unos tocados dignos de la realeza sobre sus cabelleras oscuras y sin perder los estribos. Francisco Casas, sobre una banqueta, con piernas cruzadas y manos sobre las rodillas, la espalda erguida. Pedro Lemebel, en cuclillas pero con delicadeza, una mano sostiene elegante la barbilla y la otra está apoyada sobre las piernas. Por detrás, un fondo azul con manchones  de humo blanco imita un cielo nocturno de nubes, y adelante, entre ellas y nosotrxs, la distancia que imponen unos barrotes negros.

fotografia realizada en 1989 ,estudio de mario vivado ,rapanui 228 de recoleta en santiago de chile , a pedro lemebel y fco casas

Los “argentinos de París” no tenían un nombre tan poderoso. Por algún tiempo fueron el grupo Tse, que reunió a artistas franco-argentinos en París para imaginar cuerpos masculinos envueltos en plumas y lentejuelas, cuerpos proyectados arriba y abajo del escenario. No iba a ser tarea fácil semejante acto de transgresión, aunque estuvieran lejos de la patria conservadora. A la familia de Copi su Eva Perón le costó el exilio.

Ambas muestras, curadas por separado en PROA21, se cruzan en un diálogo inevitable. Porque manifiestan la disidencia, la rebelión lgbt, la fiesta, la vanguardia, lo prohibido, lo que costaba nombrar en tiempos más oscuros. Y también porque, con excepción de Juan Stoppani —artista visual que formó parte del Di Tella—, los protagonistas vienen de otros universos: el literario y el teatral.

Las Yeguas aparecieron en la vida pública sin avisar, a puro golpe de efecto, nos recuerda el curador Víctor López Zumelzu. La entrega del Premio Pablo Neruda de Poesía a Raúl Zurita fue su carta de presentación en un Chile desgastado de tanta dictadura pinochetista a la que se le estaba haciendo difícil esconder otros mundos y vidas posibles.

Esta muestra recupera algunas de las performances de aquellos diez años de existencia. “Las dos Fridas”, “Lo que el sida se llevó”, “La conquista de América”, “Cadáveres”: títulos que advierten que, por detrás del gesto drag, del juego y de la exuberancia, están las luchas políticas, las reivindicaciones, el grito frente a la atrocidad. Atravesar descalzos un mapa de América del Sur hecho con trozos de vidrios de Coca-Cola, posar desnudos sobre una enorme bandera bordada con una hoz y un martillo fucsia o recostarse sobre un suelo minero de cal y carbón son acciones que cubren un extenso repertorio que atraviesa problemáticas como la del vih-sida, los detenidos-desaparecidos, el exterminio de pueblos originarios y las identidades gay dentro de organizaciones de izquierda. Casas, de visita en Buenos Aires en ocasión de esta muestra, dijo en una nota que el movimiento gay siempre fue frívolo, que protestaban porque les cerraban las discotecas. Y que ellos pusieron el cuerpo a causas más urgentes y graves.

Raúl Damonte Botana o Copi, bautizado así por su abuela —la escritora anarquista y feminista Salvadora Medina Onrrubia—, o un argentino de París, como solía definirse ante el interrogante del ser nacional/exiliado, al principio vendía dibujos en las calles de esa ciudad. Así apareció “La mujer sentada”, que más tarde se publicaría en el Nouvel Observateur y en importantes editoriales. Con los años se convirtió, en palabras del escritor y en este caso también curador Daniel Link, en un exponente de la “antropología trans”. Juan Stoppani y Jean Yves Legavre —pareja desde aquellos años— colaboraron en el diseño de vestuario de obras que formaron parte de la vanguardia teatral parisina, pero que corrían los límites de lo aceptable en estas tierras, y no sólo en aquel entonces. El último estreno de Eva Perón de Copi en el Teatro Cervantes de Buenos Aires actualizó polémicas en apariencia superadas.

La muestra Argentinos de París consiste en una colección de fotos, figurines y diarios que registran las puestas en escena de sus obras teatrales más un video en el que Stoppani y Legavre recuerdan los años de trabajo en comunión. En muchas aparece el mismo Copi travestido. Es que muy pronto le picaría el bicho de la actuación y a su prosa le sumaría una interpretación igualmente irónica y compleja.

Quizás el gesto más disruptivo de las obras que evocan estos registros documentales sea el de mostrar lo que se vuelve una y otra vez inclasificable. ¿Cómo catalogar a estos artistas que se arriesgaron a los cruces más complejos y en ese acto apostaron su propio cuerpo? Al exhibirlos en una sala dedicada a las artes visuales contemporáneas, se replica el gesto periférico, como dice Link, de incluir “los elementos excluidos de la historia”, que son ellos mismos. Por un rato los textos que los hicieron grandes quedan de lado y toma protagonismo la imagen travestida y marginal, el cuerpo politizado que impactó a una época y que hoy se reivindica con nostalgia.

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