Volver a los orígenes

NOTA PUBLICADA EN LA AGENDA BUENOS AIRES

El video de Instagram muestra a un grupo de personas que se incluiría en lo que se denomina la alta sociedad. Elegantes, con copa y celular en mano, reunidos en una vivienda de categoría: todos permanecen expectantes ante un acontecimiento en apariencia espontáneo. El efecto que logra la disposición del grupo en un pasillo o pequeño espacio es clave: un lugar más amplio tentaría a la dispersión. En el centro del amontonamiento el de rulos grises y rebeldes, de pantalón verde agua, remera azul batik y lirio blanco en su oreja, el artista brasilero Ernesto Neto, toma del brazo al de camisa y pantalón negro impecables, pelo mucho más blanco, brilloso y prolijo, y anteojos de marco rectangular dignos de hipster de nuevo milenio, el fundador del Museo Malba, Eduardo Costantini. Elina Fernandez, modelo y novia del empresario, lo toma del otro brazo y se une al pequeño ritual, que consiste en dar pasos cortos como trotecitos, esquivar algún que otro cuerpo que obstaculiza el desplazamiento y pegar curvas cerradas al ritmo de un canto repetitivo, susurrado y festejado por todos. 

Forzando un poco la imaginación, estas imágenes se podrían extrapolar a las experiencias cargadas de sentido de ritual y comunidad que propone Soplo, primera retrospectviva del artista brasileño en el museo porteño. Aunque en el caso del video no haya obras a la vista, sí hay personalidades que poseen la magia de hacerlas circular y valer en el mercado. 

Creada en la Pinacoteca de San Pablo en marzo del pasado año, Soplo reúne mas de 60 producciones de casi 40 años de trayectoria. Neto es un artista que juega en las primeras ligas del circuito internacional: su participación en la Bienal de Venecia de 2017, su presencia en las colecciones del Pompidou, el Moma y el Reina Sofía y sus muestras individuales en importantes museos de Europa engordan un CV casi irreprochable.

Jordan

Sin embargo la desconfianza muchas veces asoma y se interpone entre la obra y el propio juicio. Es que los artistas contamporáneos parecen oscilar entre dos perfiles: el comprometido con su época y sus urgencias impostergables que apuesta a una denuncia tozuda y creativa de las injusticias, y del otro lado el lúdico, poeta de las imágenes, dueño de un mundo interior que necesita exorcizar. A simple vista Neto parece encajar en la segunda camada, la del artista al que le calza perfecto el traje del giro afectivo: la predominancia del cuerpo y sus sensaciones por sobre la razón y sus significados hacen de su obra una experiencia por sobre todo bella, cálida y placentera. 

¿El arte tiene permitido ser liviano?¿Qué queda después de ese encuentro? ¿Es necesaria la trascendencia? ¿Debe referir siempre a su realidad contingente? Neto quizás no quiera responder estas preguntas, pero hay algo que sí le interesa: ser un médium espiritual entre sus creaciones y los visitantes, muchas veces escépticos y descreídos del mundo.

Ernesto Saboia de Albuquerque Neto nació hace 56 años en Río de Janeiro. La historia oficial certifica que Ligia Clark y otros pioneros del neoconcretismo – movimiento que a grandísimos rasgos confrontó la racionalidad de la abstracción geométrica con un arte atento a las emociones y conectado con la praxis vital– fueron un faro en el desarrollo de sus primeras creaciones. El artista fue más allá en su deseo de fundir el arte con la vida: en 2013 iniciaría un proceso de intercambio y convivencia los Huni Kuin, comunidad originaria que habita el Amazonas entre Brasil y Perú. Este contacto ancestral le develó una verdad que atravesó para siempre su propia visión del arte: El artista es una especie de chamán”, se lee en el primer texto de sala. “Él trata con lo subjetivo, lo inexplicable, aquello que sucede entre el cielo y la tierra, con lo invisible”.

De las obras que Jochen Volz y Valéria Piccoli –curadores de la muestra– trasladaron de San Pablo al Malba se destacan las que a simple vista producen un efecto de asombro: esculturas enormes y coloridas que se oyen, se huelen, se tocan y cambian de morfología con la interacción del cuerpo humano. Sus formas son orgánicas, vivas, blandas, maleables. Sus materiales, medias de poliamida, poliestireno, tejidos en crochet, cúrcuma, clavo de olor, azafrán, arena. 

El Soplo, o aliento, como bien podría traducirse, es un viento que nace de una fuerza natural y hace surgir otra cosa. Algo de esto pasa cuando nos sumergimos en su “Flying Group Nave” –de la serie Naves, instalaciones a gran escala surgidas en los 90–, un túnel de media elástica color piel, en apariencia estrecho, con orificios y bolsas colgantes rellenos de especias; al introducirnos en él lo estiramos para avanzar, y así lo convertimos en un organismo vivo: nosotros somos su torrente sanguíneo. 

De a uno no alcanza, la dimensión colectiva es fundamental para que la obra se active. En “Tres cantos y una danza” tres personas ponen sus cuerpos –y su confianza en otros visitantes desconocidos– al servicio del equilibrio: luego de que la asistente coloca a cada participante un chaleco tejido de crochet muy pesado, hay que echarse hacia atrás y tener fe en que los otros harán lo mismo para generar el contrapeso que evite la caída; logrado el punto justo es momento de jugar, moverse en círculo y quizás entonar algún canto mientras se intenta que la piedra agua marina, dispuesta en el centro y conectada a nosotros a través del tejido, no se caiga.

En “Navegando entre nosotros”, compuesta de compartimentos tipo hamacas también de crochet, la obra funciona si nos recostamos en ella y toleramos al otro que se acuesta al lado nuestro con sus defectos y virtudes: sus movimientos repercutirán en nuestro equilibrio, nos desestabilizarán como si se tratara de una cama elástica, pero al final permaneceremos juntos en la contemplación del universo Neto.

Al lado de cada instalación hay una persona que nos indica el funcionamiento: en “Lo Sagrado es Amor” la chica dice que “hay que ponese una de las coronas recubiertas de cuarzos en la cabeza –que caen de una escultura en forma de arbol color rojo sangre–, sentarse y meditar en silencio con los otros. Te podés quedar todo el tiempo que quieras”.

 Neto sueña con un futuro en el que todos sean artistas: “Cuando un persona participa, hace arte”, dice. Pero para creer en esa participación no alcanza con su deseo. Aquí es cuando interviene la voluntad del espectador escéptico y descreído del mundo. Quizás deba dejar paso a una intuición interior que se activaría en el contacto con la obra. Un elemento que antecede a la experiencia sin el cual no podría completarse el juego que propone el artista. Una percepción que habilitaría esa conexión íntima entre su espíritu y la naturaleza que simbolizan las enormes instalaciones. El espectador estaría entonces obligado a entrar en la sala liberado de cualquier prejuicio: el arte no tiene que ser cosa seria dictada por el pensamiento racional. Allí, en la hora mágica, la obra sucedería. O todo podría fallar.

Jordan

Así dicho suena a utopía. Y las utopías bien sabemos tienen permitido ser bellas, cálidas y placenteras. Al contrario de las distopías tan de moda que, más que imaginar un futuro, parecen describir un presente dolorosamente real e irreparable. El horizonte de Neto apunta a lejana selva. Ellos, los Huni Kuin, “tienen un vínculo mucho más profundo con la naturaleza. Incluso, la palabra naturaleza, como algo que está fuera de nosotros, seres humanos, no existe en esta comunidad. Ellos no ven esa separación”. Su propuesta –ilusoria, ingenua, quimérica– es esa: volver a unir aquello que fue separado por el triunfo de la razón hace cientos de años, percibir la naturaleza como parte indisociable de uno mismo y del cosmos, recuperar el sentido de la unidad. Incluso con celular y copa en mano, danzando entre millonarios en un departamento de categoría de algún barrio elegante de Buenos Aires.

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