12 BIENAL DEL MERCOSUR: TODO ARTE ES PERIFERIA

NOTA PUBLICADA EN REVISTA POLVO Y JAQUE AL ARTE

Las versiones online de eventos culturales y artísticos estallan en las redes de Argentina y del mundo desde hace al menos un mes. Instituciones prestigiosas liberan contenido que antes escondían bajo cuatro llaves. No hay nada planificado en esto, son más bien estrategias improvisadas para que todo no se detenga: algo tiene que seguir, si no tal cual lo conocíamos, de algún modo que nos recuerde como en un sueño la forma en que mirábamos, escuchábamos y experimentábamos las obras de teatro, los recitales o las muestras de arte.

Pero esta proliferación excesiva tiene su contrapartida. Ahora que tenemos al alcance material que antes solo era accesible si uno se tomaba un avión, pagaba una entrada o una suscripción: ¿cuántas horas de vida necesitaríamos para ver, analizar y reflexionar sobre todo lo que produce y nos ofrece la cultura? El mundo se paró, menos la ansiedad. Y otra pregunta resuena entre tantas: ¿Tiene sentido seguir mirando con los mismos ojos? La única certeza es que, más allá de los intentos furiosos por seguir haciendo circular el arte en un contexto de encierro, la experiencia que se vive cuerpo a cuerpo con la obra es irremplazable.

Al igual que el mundo, la Bienal del Mercosur, dedicada a las artes visuales, quedó en pausa. Debería estar sucediendo en estos días, como tantas otras cosas,  así como lo hizo en sus once ediciones anteriores. Con una ciudad invadida de obras en las salas y en las calles, con visitantes recorriendo los circuitos. Aunque sería injusto decir que no acontece; como todo, se tuvo que reinventar a sí misma de manera virtual con contenido que se va agregando y modificando día a día: imágenes de obras, declaraciones de artistas, propuestas educativas, lives en Instagram y demás estrategias de difusión. Su fecha de inauguración–tentativa, real, no virtual- está prevista para octubre, aunque en este contexto mundial y específicamente en Brasil es muy difícil saber qué pasará.

Si hay algo que no se detuvo y que incluso se potenció es la maquinaria intelectual. El escenario semi-apocalíptico que de golpe se instaló en nuestras vidas estimuló la reflexión, especulación y proyección de futuros posibles. Todos publicaron sus ensayos futurológicos post-pandemia. Las preguntas se multiplicaron: ¿es posible, o deseable, volver a la “normalidad” de hace tres meses?; ¿cómo se proyectan las artes visuales en este panorama? Pero, ¿es correcto pensar que el cambio empezó ahora, de repente y por culpa de un virus?

Desde el 2015 se venían produciendo algunas transformaciones, lentas, conflictivas, contradictorias, podrá pensarse, pero concretas y palpables.

El panorama binario, patriarcal y heteronormativo que el feminismo se encargó de desmantelar obligó a prensar nuevas estrategias en un circuito artístico con un bajo nivel de visibilidad para artistas mujeres, para el colectivo LGBT, comunidades indígenas y afro descendientes, para sectores populares y marginados. La iniciativa no es fácil: ¿cómo armar y sobre todo, sostener colectivos artísticos, discursos contra-hegemónicos y espacio de circulación alternativos en un ámbito tan competitivo, tan sálvense quien pueda? Es sabido que las visuales son quizás la más individualistas de todas artes: el exclusivo club del mercado y los espacios legitimadores aceptan muy pocos miembros. Y los artistas de algo tienen que vivir.

Cuando en 2018 convocaron a la historiadora e investigadora argentina Andrea Giunta para ser la curadora de la edición 2020 en Porto Alegre, no dudó en profundizar esta posición crítica. Sus libros Arte y feminismo latinoamericano, el reciente Contra el canon y en la muestra Radical Women que co-curó con Cecilia Fajardo-Hill para el Hammer Museum de Los Ángeles en 2017 -y que itineró por Nueva York y San Pablo- son su expresión más tangible de un recorrido que ya lleva muchos años de investigación académica. Un arte feminista, no normativo, que exalta los discursos que señalan toda forma de la violencia, discursos sobre el rol de los cuerpos, el deseo, la sexualidad, la afectividad y las voces disidentes; y que rechaza los esencialismos y binarismos.  

Femenino(s). Visualidades, acciones y afectos, título de la Bienal, plantea también una continuidad curatorial con otras propuestas argentinas que quedaron congeladas en este tiempo muerto pandémico pero que venían pisando fuerte en la escena. Las últimas, La kermés del día después Mareadas en la marea, curada por Cecilia Palmiero y Fernanda Laguna en el Museo del libro y de la lengua de la Biblioteca Nacional o Para todes tode, curada por Kekena Corvalán en el CCK, son solo dos ejemplos de estas nuevas narrativas curatoriales.

Ante todo, para romper algunas estructuras, hay que romper con modos tradicionales de experimentar el arte. Porque el arte tiene un don que no hay que desaprovechar: es el único lenguaje que permite pensar lo impensado, lo nuevo. Y porque, como dice Giunta en el texto curatorial, “es necesario decir y explorar las diferentes maneras de nombrar para evitar las clasificaciones uniformes”. Las visualidades, las acciones y los afectos son conceptos que en la creación y en la experiencia estética se vuelven herramientas políticas que permiten proyectar colectivamente otros relatos posibles.

La idea de no suspender y aprovechar la virtualidad se hizo posible en parte gracias a los videos que los propios artistas enviaron a la Bienal, pequeñas reflexiones sobre las obras y la nueva normalidad del mundo. Nury González, artista chilena que exhibe “Historia natural de la destrucción” -tres mantas mapuches de unos 100 años de antigüedad llamadas chamales y cuyo color negro indica que fueron usadas por mujeres, intervenidas por la artista con hilo blanco como forma de señalamientos de sus heridas-, dice que “lo inquietante y brutal de esta pandemia tiene que ver con los cuerpos que ya no se pueden tocar y que de alguna forma se han transformado en portadores del mal. Pero a la vez esa distancia nos acerca mas fuertemente al otro: la ausencia de los olores, las miradas, el sabor, la voz, el susurro de esos otros cuerpos. Además, hay algo que esta pasando con los afectos en estos espacios de encierro y que ponen en evidencia muchas otras cosas a nivel político, como las inequidades en salud y en trabajo. Es muy curioso e inquietante lo que esta develando.”

Femenino(s) busca la horizontalidad y la multiplicidad de los discursos. Igualar, en un sentido de simultaneidad de las diferencias, obras y artistas consagrados con otros emergentes, latinoamericanos con euronorteamericanos.

La reconocida fotógrafa chilena Paz Errázuriz participa con varias series, entre ellas Dormidos, un registro de personas durmiendo en las calles de Santiago de Chile durante los años de dictadura (1979-1990): retratos que cuestionan el adormecimiento y el silencio social, la parálisis de los sentidos frente a la violencia del Estado.

La norteamericana Judy Chicago, pionera del feminismo artístico y creadora del programa de formación artística feminista en la Universidad de California en 1972, participa con una serie de videos que vieron la luz a comienzos de esa década. Enmarcados bajo el título Atmopheres, son registros de instalaciones y performances que intervienen el horizonte, dominado históricamente por los hombres: fuegos artificiales con formas asociadas a lo femenino -como las mariposas-, torres blancas de hielo seco teñidas de humos violetas y fucsias que invade el paisaje, rituales de mujeres desnudas en el desierto que activan fuegos de colores, son acciones que incluyen lo femenino en la atmósfera como una invasión sobrenatural.

Las Guerrilla Girls, grupo activista que irrumpió en las calles de NY a mediados de los 80 detrás de máscaras de gorilas, participa con sus famosos afiches: uno de estos, exhibido en 1985, expone problemáticas que al día de hoy no fueron saldadas: “¿Cuántas mujeres tuvieron una exhibición individual en NY el año pasado?: Guggenheim 0, Metropolitan 0, Modern 1, Withney 0”. En 2015 repitieron el afiche: cada institución había sumado solo una artista más a esa estadística. 

Mónica Mayer, considerada una de las pioneras de la performance en México, participa con una instalación interactiva de 1987 llamada El tendedero: múltiples papeles colgados como si fueran prendas secándose al sol, con preguntas en torno a la violencia, el acoso y el machismo, y sobre qué se siente ser mujer en Ciudad de México o Los Ángeles. Las respuestas se escriben en esos mismos papeles y pasan a formar parte de una obra participativa y en continuo cambio.

Maruch Santíz Gómez, fotógrafa mexicana que en 1994 se topó con el Proyecto Fotográfico Chiapas -que entregaba cámaras a los habitantes de la región para documentar sus vidas cotidianas- exhibe Creencias de nuestros antepasados: “Si come uno directamente de la olla, se puede quedar muy glotón”; “No debemos sentarnos en el camino, porque puede morir nuestra madre.”; “No se debe tomar agua de donde se lava uno las manos al tortear. Si toma, uno puede quedar muy risueño, como loco”. Estas frases, creencias ancestrales transmitidas de generación en generación y olvidadas en la contemporaneidad, fueron rescatadas por la artista; sus fotografías se vuelven una interpretación subjetiva que rozan el conceptualismo y funcionan como un imaginario visual de las tradiciones del pueblo tzotzil.

La lista de artistas argentinos es extensa e imposible de abordar en unos pocos párrafos:

Chiacho & Giannone, pareja en el arte y en la vida, participa con Familia en el alegre verdor, tapiz –autorretrato bordado a mano de los artistas con su perro salchicha Piolín en un paisaje selvático y exhuberante, que proyecta por un lado el imaginario latinoamericano y por otro un modelo de familia no tradicional; la materialidad de la obra, el tejido, se asocia a su vez a las practicas tradicionales femeninas. 

Fátima Pecci Carou muestra sus pinturas, una serie de retratos in progress desde 2014 bajo el título Algún día saldré de aquí (Femicidios), realizados a partir de las fotografías que circulan en los medios de comunicación de mujeres e identidades feminizadas asesinadas o desaparecidas producto de la violencia de género; la artista modifica la imagen original, el gesto pictórico le permite cambiar el recorrido de la mirada, que ahora va directo al espectador como forma de interpelación urgente.

Gonzalo Elvira participa con Mujeres en la Bauhaus, obra que reflota el taller de textil comandado por Gunta Stölz, la única docente de la escuela. Consiste en un gran mural de líneas y tramas que forman 17 retratos de algunas de las artistas que participaron de los talleres de la Bauhaus pero que fueron borradas por la historia. 

Ana Gallardo exhibe sus Dibujos textuales grandes planos de carbón negro sobre pared. Un texto escrito con goma de borrar asoma del negro profundo y sucio: es el testimonio de una mujer que fue testigo de cómo su hija era torturada y asesinada en el marco de violencia institucional que padecieron las mujeres indígenas e insurgentes de Guatemala.

El arte que se hace del los 60 para acá, con su mote de contemporaneidad, a veces provoca un grado de prejuicio, o cierto rechazo. La confusión quizás venga de la distancia que se abrió entre obra y espectador. La experiencia se fue transformando y en muchos casos la complejidad se volvió un muro. También hay confusión respecto del destinatario: pareciera que debe aplicar a determinado rango social o contar con suficiente capital intelectual.  

Algo de esa discriminación existe, si tenemos en cuenta que el mercado -con sus parámetros incuestionables pero infundados en cuanto a la calidad y el valor monetario- y las grandes instituciones son quienes marcan la cancha de lo que es arte, quién está consagrado, cómo se llega al éxito; así, indirectamente, definen un público delimitado, de una determinada clase, con gustos y refinamientos específicos.

La Bienal del Mercosur –como tantas otras propuestas culturales- viene a decir que esa no es la única mirada, que el arte puede mostrar relatos ocultos y traducir ideas y pensamientos que en otro lenguaje serían indecibles. Y eso nunca puede encerrarse en un gesto elitista.

La dicotomía centro-periferia –esa que Andrea Giunta señala en Contra el Canon-, en esta Bienal se desmorona. Hoy todo arte es periferia (y centro) respecto de otro. La pandemia, sorpresivamente o no, ablanda el terreno para discutir estas cuestiones. Y la virtualidad ofrece a un publico más amplio, no solo al turista de bienales y eventos culturales del mundo, la oportunidad pensar otros sentidos del arte, otros mundos posibles. El joven historiador Rutger Bregman declaró estos días que “en momentos de crisis lo que ocurra depende mucho de las ideas que circulan en el ambiente”.  Trump, entre tantas frases escandalosas, anunció el fin de la globalización. Quizás todo vuelva a ser como antes, incluso peor. O puede que vivamos transformaciones radicales en un sentido optimista. El arte, que ante la crisis sanitaria y económica es lo último en lo que se piensa, podría caer en la volteada de la metamorfosis mundial. Si es cierto que la globalización llegará a su fin, por ahí es tiempo –como piensa y espera Andrea Giunta y tantos otros- de mirar localmente, de construir narrativas heterogéneas y simultáneas, de dejar de reproducir las hegemónicas que nos venden envasadas desde Europa y USA. Quizás sea hora de mirar el arte del territorio argentino y latinoamericano, pero no el consagrado, sino el que junta polvo en los museos más olvidados. Buscar en otros circuitos e interrogarse sobre prácticas y discursos nuevos y movilizantes. Sería una oportunidad, seguro utópica, pero quién dice, de pensar y reescribir la historia y el presente mirando hacia adentro.

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