Los ruidos del desvelo

Mi cama king size da a una ventana que da a Serrano, calle habitualmente ruidosa. Ahora la calle está en silencio: son casi las 7 de la mañana y está terminando de amanecer. Detrás de algunos edificios marchan nubes gigantes, tornasoladas y parsimoniosas. Van en manada. Por unos segundos desaparecen pero el viento las empuja hacia adelante. La cortina que filtra la luz las vuelve aún más difusas, más extrañas. Ellas avanzan a través de los bloques fríos y feos que invaden el paisaje algo anodino de la ventana de mi habitación de Villa Crespo.  

Son las siete de la mañana pero hace ya un rato largo que miro por la ventana. Desde que abrí los ojos vi algunas lucecitas prenderse, algunas siluetas somnolientas espiar el mundo afuera y alguna que otra sombra arrastrándose lenta por los metros cuadrados de un living lúgubre. Es un momento extraño del día: todo puede iluminarse o volverse aún más oscuro que la noche que se está diluyendo. Decía que ya son las siete de la mañana y, cada vez más seguido, se oyen las frenadas del 55 en la puerta de casa. Qué desgracia tener una parada de colectivo en la puerta de tu casa, pienso. Alguna vez fantaseé con armar una movida entre vecinos para que la muden al metrobús de  Juan B. Justo, acá a dos cuadras. Suelo tener raptos fugaces de fantasía. 

Miro hacia afuera pero la visión es limitada. Entonces me dejo llevar por la escena que arman los sonidos. Cada hora tiene su sonido particular. De madrugada los sonidos se distinguen unos de otros: una bocina, una tos, una puerta que se cierra, el arrastre de una mercadería, una alarma, un grito, una risa. A medida que el tiempo avanza estos sonidos empiezan a mezclarse hasta el punto de perder su autonomía. Todo se vuelve el mismo ruido de la calle y de la vida, ese que aturde y que hace doler la cabeza. Pensar que hace unos pocos meses, cuando no podíamos salir de casa, el sonido siempre estaba ahí quieto en el mismo lugar, como si el tiempo no avanzara, como si nos hubiesen encerrado en una madrugada eterna. 

Son las siete pero desde las cinco estoy despierta. Me despertaron los movimientos de mi hija Lupe. Su cama es mi pecho. La dejé en la cuna y ella siguió durmiendo un rato más pero yo ya no pude. Imagino lo que diría mi psicóloga sobre esta sensación que tengo de desamparo, a veces, cuando no la tengo durmiendo encima mío. Se me ocurrió dejar terapia a los pocos meses de que naciera, vivir sin pensar tanto, dejarme avasallar por la maternidad. Ella no opuso resistencia -claro está que no le dije que me quería dejar avasallar por nada-, y de hecho, el último tiempo manifestaba, con algunas frases cortas, alguna palabra suelta, cierta satisfacción por lo bien que sonaba. El sonido de la voz, de las palabras, pienso. O quizás fue imaginación mía, una estrategia inconsciente para animarme a decirle que no iba a ir más. El otro día escuché en la radio que si tu psicólogx te encuentra bien tenés que ir a otro. Empezar de vuelta. Nico ya abrió los ojos, Lupe empezó con sus ruiditos. Todavía sobresalen del barullo de afuera y del de mi cabeza.

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