Tener un nombre raro

De chica recuerdo que al entrar a los negocios de souvenirs corría a ver los carteles con nombres de varón y de nena, esos que van colgados del lado de afuera en las puertas de los dormitorios. Nunca perdía el entusiasmo, el deseo de verme reflejada en esas letras: Tamara, Tatiana, Tiziana, Trinidad. La decepción se hacía carne una y otra vez. Triana nunca estaba en la lista. 

Recuerdo sentir vergüenza cuando a veces, al decir mi nombre, algunas personas me miraban con ojos de desconcierto. Recuerdo la bronca cuando no entendían y me lo volvían a preguntar. Recuerdo los apodos de los compañeros de primaria con un poco de ternura: Trinity, Triángulo, Triglicérido…

Muchas veces les pregunté a mis padres el origen, o más bien el por qué, y otras tantas  ellos contaban esa historia sin que yo les preguntara. Mucho tiempo construí en mi cabeza este relato: mamá y papá mirando la televisión, mi mamá con un embarazo avanzado, en la pantalla un show de flamenco, y de pronto una canción, el hechizo y la certeza de que ese nombre entonado una y otra vez al son de unas castañuelas sería, más pronto que tarde, el elegido para la hija en camino. Otras veces la historia cambiaba el escenario o algún otro detalle: habían ido a un concierto, estaban escuchando un cassette o vinilo, o de casualidad se la habían cruzado en alguna radio. Nunca supe, hasta hace poco, cuál era esa canción.

Cuando me preguntaban el significado yo no sabía bien qué decir. Se supone que cada nombre esconde alguno, más allá del gusto particular, la sonoridad y la anécdota: Amanda significa merecedora del amor, Matilde poderosa en la batalla, Lucía la que lleva la luz. ¿Y Triana? La respuesta fue desconcertante: “Triana es un barrio andaluz ubicado al otro lado del río Guadalquivir, en Sevilla”. “¿O sea que mi nombre es el nombre de un barrio?”, les recriminaba cada tanto, cuando me indignaba por cualquier otra cosa. 

De chica no quería ser especial, no quería llamar la atención, sólo quería ser una más, encajar en el rebaño. Pero a los ocho, diez años, sentía que mi nombre me jugaba una mala pasada: era demasiado llamativo y eso exacerbaba mi timidez, me alejaba de lo común. Llamarme Triana me volvía única en un sentido bastante verdadero: no conocía a otra, no había nadie en mi universo, por más pequeño que fuera, que se llamara como yo.  

De grande la cosa cambió. Poco a poco los elogios fueron ganando terreno y esa extrañez que me avergonzaba se volvió un rasgo de originalidad. Lo cierto es que si de chica quería pasar desapercibida, con los años le fui encontrando el gustito al nombre especial que me había tocado. Aunque siempre ronda esta idea ridícula en mi cabeza: llevar un nombre tan peculiar implica una responsabilidad, hay que hacerle honor en la praxis, la vida tiene que corresponderle y ser así de única, original y rara como el nombre que la define.

Hace poco me volvió la curiosidad por esta historia que con los años se fue desdibujando. Quise saber qué canción era, quién la cantaba y qué decía la letra, qué programa de televisión estaban mirando, en la casa de quién estaban. La respuesta fue un cachetazo. No había living, ni tele ni embarazo: estaban en su luna de miel en Acapulco y yo aún no existía. Me los imagino cenando a la luz de la luna con el sonido del mar a lo lejos algún plato exotico, jóvenes, bronceados, hombreras y jopos, una vida por delante. Y de pronto los mariachis del restaurante hicieron su magia. No entiendo como no se me había ocurrido antes pero en seguida busqué la canción en Youtube y ahí estaba. El primer video de la lista es de una película mexicana de 1959, El cofre pirata. Blanco y negro, escenografía de estética colonial con palmeras, hombres con sombreros y mangas con volados, mujeres con peinetas y encajes, y la aparición estelar del cuarteto cubano Los Ruffino: “Triana morena, verde manojo de albahaca, ramito de hierbabuena, eres la más salerosa por ser gitana y morena…”. Aunque la letra, la escenografía y el vestuario hacían referencia al universo flamenco, la melodía  era un cha cha cha hecho y derecho escrito por un cantautor italiano llamado Rino Salviati en los 50. 

Intuyo que toda esta regresión viene a cuento del nacimiento de mi hija. No es que hayamos elegido su nombre luego de un análisis exhaustivo,tampoco considero que sea el más lindo del mundo. Pero sucedió que un día la nombramos así y ya no hubo vuelta atrás. Era Lupe. Decisión arbitraria y misteriosa. Y desde la revelación del origen de mi propio nombre en las costas del pacífico mexicano, me invade el pensamiento mágico: algo se repite, algo nos une, un lazo con aquél país del norte que no tiene demasiada explicación. 

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