Un domingo en el Parque Patricios

Hace relativamente poco, cuando la empresa donde trabajo abandonó el histórico centro porteño y mudó sus oficinas, conocí el barrio de Parque Patricios. O más bien debería decir que me escabullí dentro de su corazón, su gran parque.

Gracias a que trabajo los fines de semana pude vislumbrar algo del espíritu relajado de sus vecinos, muy distinto al falso relax de Palermo o, sin ir más lejos, a algunas calles de Villa Crespo, mi barrio. Acá los grupos de amigos y familias se sientan en las fachadas de sus casas con sus mates y facturas, los bares se abarrotan de minutas, pizzas, hamburguesas, cervezas de lata y coca colas; la cumbia, el rock nacional, el reguetón y el trap se escabullen por los parlantitos portátiles y las ventanas de los autos; las caminatas son lentas y despreocupadas, los paseantes hacen sonar sus ojotas, los hombres corren con la ventaja de ir con sus torsos desnudos, y por supuesto, sobrevuelan muchas camisetas de Huracán, y unos cuantos globos aerostáticos tatuados en pechos y brazos. 

El parque es enorme, mucho más que el Centenario que está a 15 cuadras de casa, y atraviesa muchas calles con nombres hasta ahora desconocidos: Pepirí, Atuel, Uspallata, Los patos. Yo siempre lo contemplo desde Avenida Caseros pero si vas del otro lado te cruzás con el Churruca, hospital de la policía. Un hospital nunca embellece el paisaje y menos si es de la policía, pienso. Y también pienso que el Centenario tiene varios hospitales a su alrededor. ¿Será un rasgo común de todos los grandes parques de la ciudad? Si lo atravesás derecho te cruzas con el nuevo edificio de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: imponente, mezcla perfecta de vidrio, cemento y mármol, sutiles líneas rectas y curvas, diseñado por un tal Norman Foster, consagrado arquitecto británico. Este sí tiene belleza, pero incomoda un poco. Lo que se dice, “nada que ver”. Los que venimos de otros barrios del norte cargamos con algunos prejuicios: se rumorea que más allá, más al sur, para el lado del Riachuelo, la cosa se pone picante. Siento que una línea invisible nos protege de Pompeya y sus malevos.

Los domingos se arma flor de baile en la explanada que termina allá lejos en las escaleras mecánicas que bajan hasta la línea H, un tumulto digno de recital. Participan parejas de todas las edades, parejas experimentadas con los típicos atuendos de gauchos y paisanas, otras amateurs que se la juegan y arriesgan algún que otro paso pero en las orillas de la gran ronda. Pañuelo en mano, los que saben despliegan pasos de folklore al son de los acordes de unas guitarras y una voz fuerte y segura del efecto que irradia. Las señoras disfrutan del show echadas en sus reposeras, descalzas, y los chicos las esquivan en un zigzag frenético mientras se corren extasiados entre los espectadores. Los vendedores copan sus paradas con sus puestos móviles de pochoclos dulces, copos de nieve, pan casero y torta frita. Me pongo a filmar con el celular un poco avergonzada: en algún lugar chiquito de mi corazón me siento un poco turista, aunque esté a media hora en colectivo de casa. 

Sobre Caseros y por las calles interiores está la feria, una feria que es un mundo, un shopping en un parque. En un paseo a paso firme sin detenerme pude observar: lámparas con pies hechos de muñecas barbies, porta papeles higiénicos,  figuritas de álbumes, peluches, bijouterie, barbijos, zapatillas, bombachas, camisetas de fútbol, infladores de bicis, auriculares, fundas de celulares, sahumerios, relojes, espejos, ropa de imitación de grandes marcas, carteras. La gente avanza  como en una procesión, una fila interminable, algunos ni siquiera miran los puestos que los rodean, simplemente avanzan y avanzan cumpliendo el ritual de cada domingo. Le compro una camisetita de San Lorenzo a mi hija por 400 pesos. Cuando estoy pagando me doy cuenta que juego de visitante y me río un poco nerviosa. “Esto es un negocio y yo tengo que trabajar”, se ríe también la vendedora, una mujer rubia de unos 50 años que hace ya 15 tiene el local a cielo abierto. “Una vez uno del club se enojó porque vendo ropa de San Lorenzo. Yo soy de Huracán pero puedo diferenciar las cosas. Además, la pandemia me arruinó”. De fondo, la música frenética cambia de puesto en puesto. Más allá, en un claro aislado del tumulto, un gazebo protege a un musicalizador con su máquina y un hombre de unos 50 años, vestido como mozo clásico, camisa blanca, pantalón y chaleco negros, canta desde las entrañas: “Ay amor divino, pronto tienes que volver”. Por momentos rescato de toda esa locura otra voz algo metalizada de un parlante y reconozco al León santafecino que, en paz descanse, susurra con dolor: “Llorarás más de diez veces por amor, romperán más de diez veces tu corazón”. Qué bueno que el romanticismo no se extinguió en Parque Patricios.  

El sol se aleja un poco más allá de Sanchez de Loria, se va para Boedo.  La feria comienza a desmontarse: los caños, las telas amarillas de plástico que recubren los puestos, las valijas llenas de mercadería, todo va a parar a una hilera interminable de autos en doble fila. Caseros empieza a vaciarse, ya casi no se ven taxis, solo algunas pocas almas en las paradas de los colectivos. Me intriga pensar cómo será el parque mañana lunes, cuando sea invadido por hombres y mujeres con sus viandas y sus tarjetas de oficina colgadas al cuello, de traje y tacos altos, marcando una distancia ineludible con el entorno desde que las grandes empresas invadieron el barrio y lo  transformaron para siempre.

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